Por Marisuip

Hace algún tiempo, caminando por una calle cualquiera, yo iba tranquila; sin pensar en lo que estaba a punto de pasar. Tenía los audífonos puestos, escuchaba alguna canción de Presuntos Implicados, fue ahí, cuando lo vi. Estaba parado mirando una vitrina, de espaldas, pero lo reconocí de inmediato. Era él, llevaba la chaqueta café, que tan bien le quedaba. Hacía más de cinco años que no le veía, hacía más de cinco años que intentaba no pensar en él. Lo había logrado, medianamente, había construido una vida simple sin él, llenaba mis horas con letras y libros, hacía un par de años que estaba saliendo con un maravilloso hombre, estaba feliz. Para ser más exactos no tenía razón para quejarme, había logrado que una editorial publicara mi colección de cuentos y había alcanzado algún nivel de fama local bastante respetable. Pero ahí estaba él, listo para acabar con toda esa tranquilidad que con tanto esfuerzo yo había construido.

Lentamente seguí caminando, pasé a su lado sin mirarle, pero él sí me vio. Mi reflejo posado en el vidrio hizo que él volteara y me mirara fijamente. La misma mirada intensa que tanto dolor había causado y tantos poemas había inspirado. Sin decir una palabra caminó hacia mí. Yo no pude moverme, estaba estática, paralizada, dejé que se acercara tan cerca que sentí de nuevo su olor, y luego, sin ningún aviso, me abrazó, me dio un poderoso abrazo que llenó mi cuerpo de calor y calma. Me sentí segura, me sentí volando, libre y perfecta. No era real, aparté mi cuerpo del suyo con lentitud y bajé la mirada, él sutilmente levantó mi cara con su mano derecha y me miró a los ojos, tan profundamente que sentí que el aire se me iba del pecho. Un segundo, dos, un minuto, no sé que tanto tiempo pasó, pero allí nos quedamos, ensimismados en un mundo que ya no existía, que se había esfumado años atrás. Pero, ¿se había esfumado?, era real todo lo que había vivido, era real toda mi felicidad, o era tan solo una sombra de lo feliz que realmente podría ser. No sé que hubiese pasado si mi celular no hubiera sonado, quizá la noche hubiera caído sobre nosotros y allí estaríamos, no lo sé. Pero sonó.

Era mi novio, estaba esperándome. No supe qué contestar, él me miraba, no dejaba de mirarme. Yo estaba empezando a sentirme invadida, perseguida y secuestrada en esa mirada. Colgué. No supe bien qué le dije a mi novio pero le dije que no me esperara.

Él me miró silencioso, tomó mi mano y empezamos a caminar. Caminamos por un largo rato, entramos a un parque y nos sentamos en una banca. Aún no nos decíamos una palabra, aún no éramos capaces de decir nada. Yo sabía que si oía su voz, me perdería, sucumbiría ante él y no tendría escapatoria.

Silenciosamente cayó la noche sobre nosotros, pero no lo notamos, simplemente, permanecíamos allí, puso su brazo sobre mí y yo recosté mi cabeza en su pecho, sentía el latir de su corazón, sentía el ritmo de su alma sobre mis huesos. Sin pensarlo nos miramos de nuevo y sucumbimos en un profundo beso. No fue animal, no fue suave, fue sublime. Jamás nos habíamos besado así, al terminar permanecimos abrazados, aún sin decir palabra. Yo no quería arruinar ese momento, ese excelso instante que la vida me estaba brindando, las palabras sobraban, y que yo dijera eso era insólito, vivo mi vida de las palabras. Pero él, él estaba a mi lado, después de cinco años, después de jurar no volver y ver nuestros sueños rotos por el apartamento, él estaba ahí. Nuestra historia había sido una gran historia de amor, había sido un apoteósico acontecimiento, que casi arruina nuestras vidas. Y sin embargo, allí estábamos de nuevo, juntos, en un parque cualquiera de Bogotá, sin impórtanos nada ni nadie. Yo no pensé en mi novio ni una sola vez, yo sólo quería quedarme allí.

Pero eso era imposible, por más hermoso que sea un sueño es necesario despertar, es necesario regresar a la vida real, de otra forma, nos perderíamos para siempre.

Una gota de agua cayó en nuestros rostros. Y rompió el mágico hechizo que reposaba en el ambiente.

— Llovió —su voz retumbó en mi cabeza como una orquesta sinfónica y todo volvió, los cuatro años que estuvimos juntos pasaron por mi cabeza una y otra vez, como imágenes puestas allí por alguien más, era como si viera mi vida a través de una pantalla de cine.

Regresé a mi mundo, a mi realidad. Me levanté de la silla de un tirón y sin mirarlo empecé a caminar.

— ¿A dónde vas?

No contesté. Sentí que corrió tras de mí y sentí su mano atrapar mi brazo.

— No puedes irte, no después de esto.

Me miró una vez más, yo bajé la cara.

— Dime que esto no significa nada para ti. Dime que no estás sintiendo lo que yo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

— ¿Qué diferencia hace eso? ¿Qué importa lo que sienta? Eso no cambia lo que es, lo que ha sido y lo que siempre será.

Él se retrajo, me soltó y empezó a caminar en dirección opuesta. Yo dejé las lágrimas caer por mis mejillas sin parar y empecé a caminar.

— ¡NO!

Su grito interrumpió la noche. Una lámpara iluminó su rostro, que igual que el mío estaba empapado por la lluvia y las lágrimas.

Sin pensarlo de nuevo corrimos al encuentro de otro profundo beso, éste si animal y desenfrenado, nuestros cuerpos sucumbieron ante la persistencia del sentimiento. Sin hablar tomamos un taxi y llegamos al centro de la ciudad. Allí, en su antiguo apartamento, nos dejamos llevar. Nuestros cuerpos empapados no podían dejar de sentir el deseo infinito de volver a recorrer esos viejos caminos.

La noche pasaba lenta y maravillosa, al compas de nuestros besos y el ritmo de las grandes bandas de los cuarentas, nos enredamos en un pasado peligroso, pero no nos importaba, sólo importaba el momento, la magnificencia de aquel pasado, que aún después de cinco años, se imponía en unirnos, en llevarnos al encuentro, en impulsarnos al espacio y a saltar al vacio.

Ya había dejado de llover, el cielo estaba claro, lleno de estrellas y la luna se asomaba hermosa por la ventana, cuando nos quedamos dormidos. Su cuerpo tibio me arrulló toda la noche y me deleité en mis sueños.

Pero llegó la mañana, llegó el día, implacable, como un rayo mortífero devolviendo a la realidad a un par de soñadores perdidos. Cuando sentí el primer rayo de sol, él ya estaba despierto y silencioso fumaba un cigarrillo mirándome extasiado.

— Eres tan bella, que casi no lo puedo creer.

Sonreí, sin saber porqué sonreía, sin saber que aquella noche de felicidad insoluble era intangible en el día y que no podía ser una realidad más allá de lo que había sido. Me rehusaba a pensar en lo que podía pasar una vez saliéramos de allí, una vez mi teléfono volviera sonar, o quizá el suyo. No había pensado en eso, en que quizá alguien también estaba esperando a que él llegara a algún lugar.

Él pareció vislumbrar mis cavilaciones, no era extraño, siempre lo había hecho, siempre sabía qué estaba pensando y qué iba a contestar, era un hábito enloquecedor y a la vez perfecto.

— No pensemos en nada, sólo en esto, en acá y en ahora.

— Esa frase es bastante trillada, ¿no te parece?

Sonrió, lo sabía, sabía que yo jugaba a desarmar sus perfectas frases sacadas de las películas.

— Sigues siendo la misma, sigues sonriéndote igual ante mí, sigues penetrando mi vida, tal como si no hubiera pasado un segundo, tal como si nunca nos hubiéramos separado.

Separado, habíamos llegado a donde ninguno quería llegar.

— Pero lo hicimos. —Dije fría y secamente.

Era hora de volver al mundo, aquel planeta extraño que él y yo de una u otra forma siempre lográbamos crear para escapar de nuestras realidades era el que nos había causado tanto dolor.

Él se reincorporó, apagó el cigarrillo y sentó en el borde de la cama.

— ¿Ya te alejas? ¿Tan pronto?

Mi corazón sintió como si algo lo hubiera taladrado y sentí mis ojos llenarse de lágrimas una vez más. Esa frase era la que había marcado nuestra relación. Siempre que él se acercaba demasiado yo me alejaba, era un mecanismo que no podía desactivar. Tantos años y aún todo seguía igual. Tantos años y aún le temía con todas mis fuerzas a saltar al vacío por él.

Sentí su mano en mi hombro desnudo y luego en mi mejilla, secando mis lágrimas.

— No te alejes, no esta vez, Anna.

Mi corazón dio un vuelco, mis manos empezaron a temblar y mis labios se secaron de repente.

— No huyas, no huyas de mí.

Yo no podía pronunciar palabra, no podía dejar de pensar en todos aquellos años en los que lo había intentado. Siempre lo había amado, lo había amado desde aquella vez que lo conocí; desde que puse mis ojos sobre él, supe que por ese ser yo perdería la vida. Que era el destinado a llenar mis horas y a compartir mis alegrías. Desde aquel momento empezó un juego eterno del que hasta ahora, diez años después, aún no podía escapar.

— Yo sé que esto asusta. Asusta tanto que desaparecí por cinco años, pasé cinco años tratando de olvidarte, tratando de dejar atrás nuestras eternas conversaciones. Pasé cinco años convenciéndome que tú no eras para mí, que tus miedos eran justificados, que juntos éramos un error. Pasé cinco años y no logré nada. Volví ayer, Anna, volví ayer a buscarte, volví porqué no quiero vivir mi vida sin ti.

Yo no sabía que decir, él estaba esperando que yo abandonara mi vida, la que ahora, tan tranquilamente, llevaba. Para estar con él, para continuar ese peligroso juego de seducción y disgusto que era nuestra relación. Cómo podía pedirme eso, cómo podía pretender que nosotros podíamos tener algún futuro.

— Lo tenemos, Anna. Nuestro futuro es juntos.

Ahí estaba de nuevo, invadiendo mis pensamientos antes de que yo pudiera terminar mis conjeturas.

— Yo… no puedo.

Fue lo único que alcancé a murmurar, me estaba muriendo, por qué yo no podía saltar sobre él de una vez y decirle que sí, que yo también había durado cinco años pensando en él y extrañando esa terrible manía de leerme el pensamiento.

— ¿Es por él?

No. No era por él, no era por mi novio, era por mí. Porqué yo no podía creer que esa felicidad podría ser mía, yo no creía que podíamos ser felices. Pero la verdad es que llevaba años con una sombra sobre mí, atrapada en un pasado que no podía superar, atrapada en un dolor eterno y no lograba entender que lo único que tenía que hacer era encontrar el camino de vuelta al amor. Y ahí, en ese preciso instante la verdad cayó sobre mí como una piedra. La felicidad siempre había sido mía, yo no había querido tomarla, me había conformado con una felicidad de papel, una felicidad de aire, que jamás podría hacerme completamente feliz, no realmente.

— ¿Ahora lo entiendes?

Yo lo miré aterrada. Cómo era posible que después de tanto tiempo pudiera seguir leyendo mis pensamientos de semejante manera. Sonreí.

Él me miró extasiado.

— Estaremos juntos al final. Es el destino, lo supe desde la primera vez que te vi. Cuando entraste a aquel bar, con tu pelo ensortijado y libre, con tu paso seguro y tus ojos profundos, caminaste como si el mundo entero fuera tuyo, como si nada pudiera tocarte. Aún no entiendo cómo me tomó tanto afrontarlo y perseguirte día y noche. Pero ahora sé que todo pasó como tenía que pasar, todo pasa en el momento y lugar indicados. Jamás imaginé que ayer te fuera a encontrar, quería ir a buscarte, pero aún no sabía que decir al verte. Y luego tú estabas allí, en el reflejo de la vitrina, tan inspiradora como hace diez años. Tu mismo pelo ensortijado, tus mismos ojos, caminando como si el mundo fuera tuyo. Y lo es, por lo menos… mi mundo es tuyo.

— Y el mío es tuyo.

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